La semana pasada fuimos
nuevamente a la cuadra a entregar las vianditas preparadas con tanto amor. Hicimos
un exquisito pan de carne con ensalada. ¡A la gente de la cuadra le encanta!
Además de eso, compramos unos yogures de postre. Estaban realmente fascinados,
especialmente Mariana. Ella estaba trabajando cuando llegamos, y al ver que le
entregamos un yogurt, fue automáticamente a llevárselo a su bebé de tan sólo un
añito. David –así se llama el bebé- pasó todo el invierno en la calle. Cuánta
tristeza nos dio al observar que no tiene zapatitos, y su ropa es escasa…
Gracias a Dios, estamos recolectando ropa para llevarle esta semana, y de esa
manera poder ayudar un poco. David saboreó el yogurt con una inmensa felicidad,
lo cual nos produjo la alegría de saber que estamos sirviendo para algo.
Hay dos objetos que a menudo
usamos que pueden proporcionarnos una hermosa enseñanza para nuestra vida: la
cera y el pan.
El pan que a diario comemos… Cuando queremos afirmar la bondad de una persona, decimos de ella: “Es más buena que el pan”, y con eso decimos todo. Es que ser pan para los otros es servir de gusto y utilidad a los demás; y después de eso, o precisamente por eso, dejarse cortar, dejarse tostar, desmigajar, masticar y triturar; o quizás inclusive: dejarse tirar.
Para la mansa cera, dar la vida a
otros es morir. Y dar la vida a los otros es entregarlo todo por ellos, TODO:
cansancio, tiempo, preocupaciones, sonrisas, palabras… todo sin excepción.
¡Y eso lo debemos hacer sin
esperar nada de los demás!.
La conjugación del todo y de la
nada es lo que constituye el secreto de la perfección.
“Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar
a los oprimidos,
para buscar y salvar al que estaba perdido”
(Lucas 4:18 y Lucas 19:10)
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Pol Cortés



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